En el número 12 de la calle del Olmo Ernesto miraba a su madre y a sus tías andar de un lado para el otro de la enorme casona con el pañuelo en la mano y lloriqueando. Lupe la única criada de la casa se encargaba de tapar los espejos de la habitación con grandes sábanas blancas. María la madre de Ernesto le había encargado estar atenta para detener el reloj en el momento preciso. La puerta principal no dejaba de sonar por los parientes interesados en dar el último adiós a la anciana abuela; así como para saber algo sobre el testamento.
El médico de cabezera no se
apartaba del lado de doña Eulalia; tomando los signos vitales de cuando en
cuando y suministrando morfina para que el pobre cuerpo ya cansado no sufriera
de más.
Ernesto y sus primos no sabían
realmente lo que estaba por venir, que era todo eso de las tías lloronas y los
espejos tapados. Los tios que nunca venían de visita ahora contaban chistes en
el corredor.
Era como una fiesta sin ser
fiesta.
Las manos de Lupe abrieron el
enorme reloj de pie y detuvieron las manecillas a las siete menos cinco.
El galeno entrego unos papeles a
María y se retiró muy serio. No le dio paletas a ninguno de los niños como era
su costumbre.
Fue una de las tías quién cubrió
el azulado rostro de la pobre abuela.
Justo al lado, en la calle del
Olmo número 11, Manuel escuchaba el llanto de su primogénito, la partera salió
para anunciarle que se trataba de un sano y rosado varoncito.
Lleno de gozo Manuel mando a traer
mariachis para festejar a su hijo y dar las gracias a su mujer.
Al arribar a la calle del Olmo y
ver tanta multitud, los mariachis no sabían si entrar en el 11 o en el 12

No hay comentarios:
Publicar un comentario